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#755 - Reconsiderando A Paracelso -Parte 2, 30-Oct-2002

[Esta es la parte final de nuestra serie de 5 partes sobre los químicos
bloqueadores de hormonas, donde sacamos algunas conclusiones luego de
leer los últimos 24 ejemplares mensuales de ENVIRONMENTAL HEALTH
PERSPECTIVES (EHP), una revista de revisión crítica publicada por los
Institutos Nacionales de la Salud (National Institutes of Health, NIH).
Ver SYMA #750-754.]

Como vimos en SYMA #754, la ciencia de la toxicología se ha visto
fundamentalmente cambiada por el descubrimiento, hace 20 años, de que
algunos químicos industriales pueden afectar las hormonas en plantas y
animales incluyendo los seres humanos.

Durante más de 450 años la frase "la dosis hace el veneno" ha sido
usada para justificar la dispersión de químicos exóticos y
biológicamente activos en el medio ambiente, ya que si "la dosis hace
el veneno", entonces las dosis bajas recibidas por medio del aire, el
agua y los alimentos no deberían importar. Desafortunadamente como
hemos visto, las dosis bajas SI importan, debido a que

(a) los individuos difieren en su sensibilidad genética inherente;

(b) todos estamos expuestos rutinariamente a mezclas de químicos
individuales, y los químicos individuales pueden sumarse en cantidades
inocuas para crear mezclas dañinas;

(c) algunos químicos sólo son biológicamente activos durante momentos
específicos en el desarrollo de un organismo, así que su toxicidad debe
ser evaluada durante aquellos momentos exactos -de otra manera pueden
ser considerados biológicamente débiles o inertes cuando en realidad
son poderosamente activos.

Hay otros problemas serios con las regulaciones químicas basadas en la
idea de que "la dosis hace el veneno". La frase supone que mientras
mayor es la dosis, más fuerte es el veneno. Debido a esta suposición,
los químicos son probados rutinariamente en animales de laboratorio a
dosis altas debido a que se supone que las dosis altas provocan el
mayor efecto.

Ahora sabemos que esto no siempre es cierto y que a veces es cierto lo
contrario. A veces las dosis bajas producen efectos mayores que las
dosis altas. Por ejemplo, en SYMA #754, describimos un estudio del
bisfenol-A en el que se encontró que dosis bajas de bisfenol-A
producían un efecto biológico mayor que las dosis altas. (EHP Vol. 109,
No. 7 [julio de 2001], págs. 675-680.) En otras palabras, la "curva
dosis-respuesta" para el bisfenol-A tiene la forma de una U volteada
hacia abajo (o invertida). Inicialmente, a medida que la dosis aumenta,
la respuesta aumenta. Sin embargo, en cierto punto a medida que la
dosis continúa aumentando la respuesta deja de aumentar, luego comienza
a disminuir y cae a cero.

Es un hecho comprobado que muchos químicos bloqueadores de hormonas
exhiben esta curva dosis-respuesta en forma de U invertida. Tales
químicos bloquean las hormonas a dosis bajas pero no a dosis altas. Lo
que parece suceder es que el sistema hormonal resulta saturado y deja
de responder, de manera que a dosis altas no hay un efecto observable.
Esto pone a Paracelso patas arriba.

Además del estudio del bisfenol-A mencionado arriba, dos otros estudios
publicados recientemente en EHP muestran una curva dosis-respuesta en
forma de U invertida. Primero, a dosis bajas los fitoestrógenos
(estrógenos de las plantas como la soya) inhiben la producción de
estrógeno; a dosis mayores el efecto inhibitorio desaparece y los
fitoestrógenos se comportan como el mismo estrógeno, sumándose al
efecto del propio estrógeno natural del cuerpo. La curva dosis-
respuesta es una U invertida. (Esto puede explicar por qué las dosis
bajas de fitoestrógenos protegen contra el cáncer de seno, dicen los
autores. Ver EHP Vol. 110, No. 8 [agosto de 2002], págs. 743-748.)

Segundo, un estudio de peces olomina ("guppy") machos adultos expuestos
a ciertos pesticidas en su alimento (vinclozolina y DDE, que se sabe
trastocan las hormonas sexuales masculinas) exhibieron testículos
reducidos, una reducción significativa en el número de espermatozoides
y "severos trastornos en el comportamiento masculino del cortejo".
Algunos de los efectos medidos fueron mayores a dosis menores,
mostrando una curva dosis-respuesta en forma de U invertida. (EHP Vol.
109, No. 10 [octubre de 2001], págs. 1063-1070.)

Los autores del estudio con los peces olomina hicieron una
investigación bibliográfica y encontraron más de 100 artículos
publicados donde se reporta una curva dosis-respuesta en forma de U
invertida, así que este fenómeno está bien establecido.

Esto significa que las pruebas toxicológicas tradicionales que se
llevan a cabo con dosis altas pueden no ver efectos importantes que
sólo ocurren a dosis bajas. Por lo tanto, habrá que estudiar las dosis
bajas.

De manera que la frase de Paracelso debería ser: "la dosis de la mezcla
hace el veneno, pero de diferente manera para individuos genéticamente
diferentes y de diferente manera a diferentes tiempos durante el
crecimiento y el desarrollo, recordando siempre que dosis más bajas
pueden ser más venenosas que dosis más altas".

Esta interpretación moderna de Paracelso deja claro que la evaluación
adecuada de la toxicidad es enormemente más compleja (y por lo tanto
mucho más costosa) de lo que nadie imaginó incluso hace 10 años.

Pero las dificultades para la ciencia toxicológica moderna no se
detienen allí. Después de que publicamos SYMA #754, Albert Donnay de
MCS Referral & Resources (adonnay@jhu.edu y http://www.mcsrr.org/),
señaló que cualquier estudio de cualquier tóxico u otra exposición
estresante no tiene ningún valor a menos que tome en cuenta (y se
controle) el grado de adaptación de cada sujeto al tóxico, lo cual
depende no sólo de su grado de sensibilidad genética sino también del
momento, la intensidad y el patrón de su exposición anterior.

La adaptación a los estresantes tóxicos, que también se conoce como
aclimatación, habituación o tolerancia, es un fenómeno general en los
seres humanos y en otros animales. Todos estamos familiarizados con la
adaptación por nuestra experiencia con los fumadores. Cuando usted
inhala el primer cigarrillo de su vida, usted tiene una reacción
potente e inmediata: mareos ligeros, palpitaciones y quizás una
sensación general de enfermedad que incluya náuseas. Si usted continúa
inhalando humo de cigarrillo, usted se acostumbra, se "adapta". Muy
pronto usted nota que fumar le proporciona un cierto "impulso". Luego
usted resulta tan adaptado que tiene que fumar más y más para alcanzar
el "impulso" que desea.

Podemos ver la adaptación en la experiencia diaria de las personas con
los cigarrillos, el alcohol y las medicinas. También sucede en los
lugares de trabajo donde los trabajadores pueden oler los químicos de
olores fuertes cuando comienzan a trabajar (por ejemplo, en las
tintorerías) pero después de un tiempo su consciencia sensorial
olfativa desaparece aun cuando los olores siguen estando presentes y
son perceptibles para otros que no están habituados a ellos. Esto es la
adaptación.

La adaptación puede ocurrir en respuesta a toda clase de estímulos -no
sólo a los químicos sino también al ruido, a la luz, al tacto, al frío
o al calor, y a la altitud. En su libro de texto médico, THE HUMAN
SENSES ("LOS SENTIDOS HUMANOS"), Frank A. Geldard escribe: "Un fenómeno
muy general en la psicofisiología sensorial y uno que interviene
significativamente en casi todas las situaciones experimentales es la
disminución en la sensibilidad por la acción continua de un estímulo"
[1, pág. 299]. Al discutir la adaptación a las sensaciones gustativas,
escribe: "La sensibilidad de los receptores del gusto resulta
automáticamente reducida cuando son expuestos a estímulos continuos que
no varían, al igual que sucede en condiciones análogas con los órganos
olfativos. De hecho, la adición del sentido del gusto completa el
catálogo de los departamentos sensoriales que exhiben la adaptación; se
ha encontrado que este es un fenómeno completamente universal en el
mundo de las sensaciones" [1, pág. 513].

La otra cara de la moneda de la "adaptación" es la desadaptación
o "sensibilización". Cuando los fumadores dejan los cigarrillos durante
un lapso de tiempo, se percatan de que han resultado "sensibilizados"
al humo de segunda mano. Ahora se dan cuenta y reaccionan a niveles de
exposición mucho más bajos de los que toleraban previamente, incluso
más que la persona promedio ("virgen") que nunca ha fumado. La
sensibilización se encuentra en el otro extremo del espectro sensorial,
opuesta a la adaptación.

Así que las personas y los animales de laboratorio varían en su grado
de adaptación, dependiendo de su exposición anterior. Para cualquier
estímulo dado, incluyendo los químicos tóxicos, el animal virgen (que
nunca ha estado expuesto), el animal adaptado y el animal desadaptado o
sensibilizado, todos reaccionan de manera diferente.

Estudios clásicos del monóxido de carbono revelan la importancia
del "grado de adaptación". El monóxido de carbono es un gas inodoro,
insípido e incoloro que se produce por la combustión incompleta de los
combustibles carbonados. El motor de su automóvil y su cocina a gas
producen monóxido de carbono. El monóxido de carbono desplaza el
oxígeno de los glóbulos rojos de su sangre y de otras hemoproteínas,
así que una dosis alta lo puede matar.

En 1940 Esther M. Killick estudió en detalle el monóxido de carbono y
publicó sus hallazgos [2]. Killick revisó un estudio de 1906 de cobayos
mantenidos en jaulas cerradas a las cuales se les introdujo monóxido de
carbono en cantidades medidas. Cuando se aumentó lentamente el nivel de
monóxido de carbono durante un lapso de varias semanas, los cobayos se
pudieron adaptar a una saturación de 45% de monóxido de carbono en la
sangre aparentemente sin ningún efecto nocivo. Pero cuando se introdujo
animales vírgenes de manera abrupta en ese mismo medio ambiente, los
cobayos murieron en unos pocos días. Así que los estudios de la
toxicidad del monóxido de carbono darán resultados dramáticamente
diferentes, dependiendo del grado de adaptación de los sujetos
estudiados. Igual sucede con otros tóxicos.

En este punto, "la dosis hace el veneno" de Paracelso se ha convertido
en "la dosis de la mezcla hace el veneno, pero de diferente manera para
individuos genéticamente diferentes y de diferente manera a diferentes
tiempos durante el crecimiento y el desarrollo (recordando siempre que
dosis más bajas pueden ser más venenosas que dosis más altas), y de
manera diferente dependiendo de la historia previa de la exposición del
sujeto a esta mezcla y su grado de adaptación (o sensibilización)
adquirido como resultado de esa historia".

Para este momento debe estar claro que, en el mundo práctico de la
ciencia diaria, la evaluación de químicos respecto a sus efectos sobre
el medio ambiente y la salud deberían implicar estudios de animales
vírgenes, animales adaptados y animales sensibilizados. Los sujetos
deberían estar expuestos a mezclas de químicos además de a químicos
individuales y las exposiciones deberían ocurrir en momentos cruciales
durante el crecimiento y el desarrollo. (Descubrir aquellos momentos
cruciales es un importante desafío en sí.) Los efectos estudiados
deberían incluir no sólo los cambios físicos en el sujeto, sino también
los cambios de comportamiento (por ejemplo, el comportamiento de
cortejo de los peces olomina o la capacidad de una persona para
concentrarse, o su tendencia a la violencia). También deben ser
estudiados los efectos sobre las crías, debido a que algunas
exposiciones dejan aparentemente igual a los padres expuestos, sin
embargo perjudican a la segunda generación de crías y a las
generaciones subsecuentes. Estas ideas -no "la dosis hace el veneno"-
deberían constituir la base de las regulaciones químicas.

Resumiendo, la simple idea de que está bien colocar químicos
biológicamente activos en el lugar de trabajo, en los productos o en el
medio ambiente debido a que "la dosis hace el veneno" es letra muerta.
Es una idea que ya pasó. Es falsa, engañosa y carece totalmente de
mérito.

La idea correspondiente, que si tan sólo estudiamos cada químico
durante suficiente tiempo descubriremos una dosis que sea "segura" para
toda una población de trabajadores, consumidores y el público general,
también es falsa, engañosa y peligrosa. Es una idea completamente
equivocada, debido a que no hay suficientes laboratorios en el mundo
que lleven a cabo las investigaciones necesarias con todos los 80.000
químicos en uso actual, ni tampoco hay suficientes revistas de revisión
crítica para reportar los resultados. Hay demasiadas variables a ser
tomadas en consideración simultáneamente. Esto significa que
relativamente pocos químicos serán estudiados adecuadamente.

Si admitimos que nuestro actual sistema de regulación química está
basado en premisas falsas y no puede arreglarse, podremos comenzar de
nuevo y podremos pensar en términos de la acción preventiva: colocar la
carga de demostrar la seguridad sobre los fabricantes de los químicos.
Los químicos que carezcan de evidencias adecuadas de su seguridad para
una cierta fecha límite serán destinados a su terminación. Esto
obligará a los gerentes corporativos a escoger cuáles son los químicos
que realmente vale la pena rescatar, y estos serán estudiados
febrilmente. Los otros eventualmente serán terminados poco a poco y
desaparecerán. El universo de químicos industriales se reducirá a un
número mucho más pequeño, y aquellos que queden serán mucho mejor
entendidos. Un cambio como ése será bueno para todos.

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[1] Frank A. Geldard, THE HUMAN SENSES (N.Y.: John Wiley, 1972; segunda
edición; ISBN 0471295701).

[2] Esther M. Killick, "Carbon Monoxide Anoxemia," PHYSIOLOGICAL
REVIEWS Vol. 20, No. 3 (July 1940), págs. 313- 344.

Agradecemos a Albert Donnay por su ayuda con este ejemplar. -P.M.